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La última lluvia de ideas

Pequeña historia que nació mientras miraba a mi alrededor he imaginaba el camino sin fin.

Photo by Dominik Mecko

Photo by Dominik Mecko

Estaba ahí, sentado sobre ese sillón gris, el mismo que me había visto dormir, imaginar y llorar en silencio. Mis pies descansaban inmóviles frente a mí, y la mesa de centro parecía más un altar que un mueble olvidado. Solo la lámpara del fondo permanecía encendida, derramando solo un poco de luz que apenas lograba rasgar la penumbra y dejaba el ambiente suspendido en una melancolía espesa, casi inamovible. Mi cabeza giraba con rapidez y los pensamientos salían disparados por la habitación, chocando contra las paredes como luciérnagas atrapados en un frasco sellado. Cualquiera habría pensado que simplemente descansaba por un momento, pero aquella era solo la posición en la que me había quedado antes de escuchar su voz, la voz que me empujó a este estado sombrío y melancólico.

En medio de mi propia tormenta, mi guitarra parecía hablarme. Me observaba desde la esquina con una quietud tan profunda que casi podía escucharla. Extrañaba su resonancia, la forma en que alguna infinidad de veces atravesó mi pecho, pero sabía que ahí se quedaría, inmóvil, cubierta por un fino velo de polvo y telarañas que ya no intentaban ocultarse. El tiempo había pasado sobre ella sin pedir permiso, igual que sobre todo lo demás en la habitación.

La voz seguía reverberando, aunque ya no sabía si venía de afuera o de algún rincón marchito de mi mente. Me levanté del sillón, o al menos así lo sentí, y avancé por el pasillo. Mis pasos eran pesados pero no hacían ruido, como si el suelo hubiera olvidado cómo responderme y sin embargo sabia cada imperfección de la duela. Las paredes parecían observarme con una paciencia incómoda, cargadas de un silencio antiguo, uno que no se rompe fácilmente.

El cuarto me recibió con un aire aún más frío, como si nadie hubiera cruzado ese umbral en mucho tiempo. La ventana nocturna dejaba pasar fragmentos de la calle, la luz temblorosa de un farol que parpadeaba, sombras alargadas de ramas secas, reflejos deformes que se arrastraban por los vidrios opacos. Fue entonces cuando la fotografía cobró sentido. Cada imagen parecía superponerse a la otra, como viejas películas mal reveladas, mi rostro apagado en el espejo, la calle mirándome desde afuera y algo más, algo indefinido, atrapado entre el vidrio y la oscuridad. Sentí que mis ojos ya no eran ojos, sino una lente fija, condenada a registrar escenas que nadie volvería a mirar.

La luz filtrada por la ventana envolvía el espacio como un negativo ya revelado. Cada sombra parecía moverse solo cuando yo dejaba de observarla, como si supieran que ya no podían ser sorprendidas. Me apoyé en el lavabo, aunque no sentí el frío de la proselana. El reflejo frente a mí titubeó, perdió contorno, y por un instante dejó de parecerme familiar. Detrás de mí, algo ocupaba un lugar que siempre había estado vacío.

No supe cuándo ocurrió el cambio. Solo comprendí que el aire se había vuelto demasiado denso, demasiado quieto, como una habitación cerrada durante meses. Y mientras la imagen seguía revelándose lentamente, entendí que había presencias que no se marchaban… no porque quisieran quedarse, sino porque nadie había venido a buscarlas.

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